¡Reinvéntate! Conócete a ti mismo y libera al creador que llevas dentro… Parte 1: ¿Para qué reinventarse?

A veces hay que cambiar la perspectiva de las cosasFormamos parte de una cultura, y esa cultura influye y condiciona incluso algo tan subjetivo como nuestra percepción.
Como miembros de una misma cultura podemos compartir cierta homogeneidad: podemos percibir de manera similar, incluso podemos atascarnos con cuestiones afectivas similares con una base común (familiar, de relación laboral, amistosa, de pareja, etc.)
Sin embargo, aún dentro de una misma cultura, activamos respuestas singulares y diferenciadas.

Nuestra capacidad de acción, movimiento y creación va más allá de la mera reacción a estímulos externos.

Desarrollamos nuestra identidad a través de nuestras relaciones con los demás ¿Somos conscientes del lugar que ocupamos en esa red de relaciones? ¿De cómo nos comunicamos con nuestro entorno? ¿Cómo se comunica nuestro entorno con nosotros?

Muchas veces no nos paramos a contemplar si nuestra identidad y nuestro entorno nos potencian hacia el lugar que queremos o por el contrario nos dirigen a un lugar alienante, que nos aleja de nosotros mismos… sin embargo, aunque no prestemos atención a ese lugar, ese lugar nos habla: nos habla desde el cuerpo, y lo hace con el lenguaje de la satisfacción o de la insatisfacción.

Incluso antes de nacer nuestro entorno influye en el desarrollo de nuestra identidad, nuestra “personalidad” se conforma a través de numerosos factores internos y externos: genética, historia personal, experiencia, circunstancias socioeconómicas, la propia subjetividad de las personas próximas a nosotros, las características de los sistemas en los que nos desarrollamos, etc.
El desarrollo de una identidad sana y nuestra percepción de satisfacción personal tienen que ver con la decisión de con qué decidimos identificarnos de todo esa amalgama de factores y con qué no.

Nuestra identidad es producto de múltiples factores, muchos de ellos inconscientes. En parte por una cuestión de operatividad, automatizando parte de nuestra percepción y acción para economizar energía, y en parte por una cuestión de represión de la experiencia.

La automatización de algunas pautas de percepción, representación y comportamiento nos ayuda a estar en el mundo de forma simple y operativa. Sin embargo, nuestra cultura y su velocidad, también favorecen que automaticemos muchas de nuestras acciones reatando conciencia a nuestra manera de estar-en-el-mundo. Así, acabamos generando patrones de pensamiento y comportamiento automáticos, alienantes, que nos condicionan y limitan nuestra capacidad de acción.

Insatisfacción y alienación van de la mano.

Las crisis nos ayudan a tomar conciencia de nuestras limitaciones, condicionamientos y estancamientos. A veces de forma dolorosa. Para evitar esta dolorosa toma de conciencia nos acomodamos en zonas de confort. Nos apalancamos.

¿Qué tiene de malo apalancarse?

Hay zonas de confort consciente en las que realmente estamos disfrutando y resultan útiles para nuestro funcionamiento, y zonas de confort inconsciente en las que nos boicoteamos.

Apalancarse de esta forma poco consciente puede llevarnos a estados de “comodidad” que enmascaran un proceso de autoengaño y/o resignación.

Además, cuando estamos instalados en estas “Zonas” podemos vivir con intensidad la creencia de que no podemos cambiar nuestra forma de ser: tendemos a identificarnos fuertemente con nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra manera de hacer las cosas. Creamos así una imagen limitante de nosotros mismos, y esta imagen puede manifestarse con intensidad y carácter de veracidad.

La imagen que tenemos de nosotros mismos determina a su vez nuestras acciones, nuestras emociones, creencias y pensamientos y justifica nuestras decisiones. Solemos pensar que esta autoimagen somos nosotros y que es invariable: “Es que yo soy una persona que…”

Esta “persona que…” está compuesta por capas imaginarias que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra vida. Creencias, valores, acciones, decisiones que tal vez tuvieron su función en un momento de nuestra vida y que ahora se han enquistado y no nos resultan útiles, pues nuestras preguntas a menudo cambian de forma más rápida que nuestra generación de respuestas a esas preguntas.
Acabamos, pues, generando una división dentro de nosotros: nuestro personaje y nosotros mismos.

En ocasiones nuestros miedos y creencias limitantes hacen que ese personaje sea únicamente un esbozo de lo que realmente somos. Así, muchas veces en las que nuestro cuerpo reconoce nuestros deseos e ilusiones nos sentimos bloqueados, frustrados e incapaces de conseguirlos.
Entonces nos decimos “me gustaría… pero…”, porque “yo no soy….” porque “yo no puedo…”